La destrucción de Valle Dorado quedó en el olvido durante el discurso del mandatario mexiquenseTodo estaba dispuesto para el espectáculo. El segundo piso del periférico que intenta elevar a base de propaganda los índices de popularidad del aspirante. Un gobernante cobijado por la clase política y empresarial del Estado de México. Desde las 9:00 horas se dispuso del operativo policíaco. Los cortes a la circulación, el caos vehicular y más de 500 asistentes que esperaban ver al novio de La Gaviota arribar al escenario.
Camiones estacionados en avenidas aledañas. Los acarreados del proselitismo, hoy convertidos en invitados inaugurales. Los lunches dispuestos para finalizar el evento. Las filas que se hacían interminables en el pase de lista con sus líderes seccionales.
Sin escatimar en recursos con un templete como testigo. Maribel Guardia como la protagonista de un nuevo capítulo del melodrama gubernamental. La celebración en grande para una vialidad elevada de un peaje elitista. La lluvia de papeles coloridos y una animación que se prolongaba para el arribo de Enrique Peña, y la consecuente inauguración del Viaducto Bicentenario.
En la sala de espera César Camacho, Alfredo del Mazo y Alfredo Baranda. Los ex gobernadores que alientan las ambiciones del mandatario actual. La vialidad de 4.2 kilómetros aguardando su inauguración. Los automovilistas sufriendo el colapso de las vialidades, y más de 300 policías de tránsito ordenando lo que parecía imposible.
Otros invitados especiales también engalanaban la escena: el empresario Carlos Peralta; Carlos Ruiz Sacristán, ex secretario de Comunicaciones y Transportes y Guillermo Gustavo Villalobos, ex director de la CNA.
Con una hora de retraso a lo programado llegó Enrique Peña Nieto. Rondaban las 12:30 horas y el sol que caía con gran intensidad. Los invitados que ya sumaban 3 horas con 30 minutos se inquietaban, y algunos otros se comenzaron a salir. Y la salutación como ritual y estratagema electoral se hizo presente. Peña Nieto que saludaba mano a mano. Las cámaras de televisión que ya lo esperaban y él como protagonista de la historia.
Luego vinieron los discursos y los aplausos. La gente incómoda que abandonaba el escenario. Azucena Olivares, alcaldesa de Naucalpan, que se desvivía en vituperios hacia Peña Nieto, con la pleitesía que caracteriza la institucionalidad priísta.
Con la mitad del auditorio, Enrique Peña concluyó su discurso, alabando la modernidad y ocultando la pobreza de millones y millones de mexiquenses. En el olvido mediático quedaron los aciagos días de Valle Dorado, que aún mantiene las reminiscencias de los miles de damnificados que reclaman resarcimiento de daños más justos.
Cuando finalizó la parafernalia el mandatario mexiquense realizó un acto de escapismo. Los reporteros que frecuentemente cubren sus giras fueron apartados del aspirante. Y el escenario dispuesto para el lucimiento. Los programas de espectáculos con la entrevista exclusiva. Televisa, TV Azteca y Cadena Tres con preguntas a modo. Las gacetillas que se disfrazan de información, que se documentan en libros que Luis Miranda resiste leer.
Y en la televisión, un Estado de México de escenografía. Se destaca una obra que no es del gobierno, concesionada a la iniciativa privada y que será de cuota. Con acceso sólo para las clases privilegiadas. En una entidad que se vuelve discriminatoria y elitista. Las políticas públicas con el mayor neoliberalismo del que se tenga memoria en la entidad.
En el desenlace, el melodrama que disfraza una realidad distinta. Una modernidad que no llega y que es sólo un tinglado discursivo de una escena que parece ya repetitiva en el Estado de México, con un tufo de ambición política que poco a poco se desvanece.

